La historia de un argentino en Antártida en 1973

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Jorge junto a una foto de él en la década de 1970, en su camarote en la Antártida.

En el último maratón de edición, el Editatón para la Memoria, conocimos a Jorge Giammatteo, que se acercó al evento como ex alumno de la ESMA. Conversador, y con muchas ganas de compartir su historia, nos contó que había vivido un año en Antártida como joven meteorólogo. El buen recibimiento de Wiki Loves Monuments Antártida  (concurso del que Jorge fue miembro del jurado) despertó en el equipo de Wikimedia Argentina ganas de saber más sobre la vida en ese continente, y por eso investigamos un poco más con la esperanza de desarrollar un proyecto de más largo alcance que dé cuenta de estas experiencias. Aquí compartimos su historia. 

Jorge Giammatteo embarcó con rumbo a la Antártida en noviembre de 1973. La Base Marambio recién se estaba construyendo. Su estadía tuvo lugar en la base del Observatorio Orcadas del Sur, en la Isla Laurie del archipiélago Orcadas del Sur (la primer base que tuvo la Argentina en el continente antártico con personal permanente desde 1904). Tenía 23 años y la propuesta de vivir un año en el continente de hielo lo sedujo por varios motivos. «En ese momento yo tenía tres trabajos, y además estudiaba. Irme a la Antártida, aunque te parezca mentira, era como un recreo para mí», cuenta, mientras pasa las diapositivas de hace cuarenta años. Más adelante dirá que también tenía expectativas y que buscaba crecer. Identifica tres factores: el personal, el profesional y el económico.

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Jorge en su camarote, con los objetos que había llevado de Buenos Aires.

En este ultimo punto, en aquella época habían sancionado una ley de beneficios para los antárticos. Todo el que pasara un año allí podía acceder luego a un crédito a treinta años para adquirir una vivienda y comprar un auto de producción nacional sin pagar los impuestos. También incluía la promesa de dos pasajes por Aerolíneas Argentinas a cualquier punto del país. Pero Jorge eligió, sin saberlo, una mala época para su año en la Antártida. «El sueldo me lo dieron recién un año después, en 1975. Y con el Rodrigazo, creo que tuve suerte si valía la mitad de lo que me iban a pagar. Y cuando me quise anotar por la casa y el auto, resulta que la ley no estaba reglamentada», cuenta. Los pasajes tampoco los pudo disfrutar. «Son cosas de la Argentina que tienen que quedar atrás», dice simplemente.

Lo que nadie le podrá quitar es la experiencia de su año como antártico. El viaje en barco duraba doce días. «Es muy diferente ahora. Pensá que a cualquier persona que vas a despedir al aeropuerto, cruza una puerta y ya está, se fue. Acá era más dramático. El barco tardaba como veinte minutos en salir del puerto. Luego, el remolcador lo dejaba a su rumbo», describe. Tardaban dos días y medio en llegar a Ushuaia. Tal vez la parte más complicada del viaje era cruzar el Pasaje de Drake, donde se unen el Océano Atlántico y el Pacífico, y que, en palabras de Giammatteo, por algo era tan respetado por los marinos de todos los tiempos: las olas son bravísimas y el buque rola mucho. Al viaje llevó una Voigtländer, que si bien era de visor directo, no reflex, fue su gran compañera en este viaje, en el que capturó momentos, espacios y personas.

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Allí podían pescar un pez parecido al bagre, que era una de las formas de conseguir proteínas frescas.

Las primeras tareas al llegar a la Antártida son las de aprovisionamiento: bajar las cajas de comestibles, combustible y hacer el cambio de dotación, un circuito en tiempo récord en que cada hombre movía barriles de 200 Kg. «El trabajo en la Antártida siempre es un trabajo científico. Las bases existen por esa razón. Sucede que en su momento fue tomado por las distintas armas, entonces había bases de marina, de ejército y de fuerza aérea. Cada uno aplicaba políticas distintas. Si bien en su momento existía la Dirección Nacional del Antártico, la verdad que no pinchaba ni cortaba», explica Jorge. La unificación vino después, «y hoy se le está dando el lugar a los científicos realmente, y son bases científicas, pero era una pelea ‘porque yo soy de Marina, vos sos de Ejército’… en la propia Antártida», dice. Y agrega: «Es un área muy importante. Yo creo que ahí se puede averiguar la historia del mundo.»

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Esta foto se encuentra en la sala de radio de la base, fue tomada por Jorge durante su estadía en Antártida. Es una de las primeras transmisiones de radio desde la base.

Cuando uno le pregunta porqué existía esa división, Giammatteo responde «es la historia de nuestro país». Si bien los primeros en descubrir el territorio eran civiles, se terminaron instalando las distintas armas, porque tenían los buques y demás infraestructura para llegar y al continente y poder establecer bases. El problema de la confrontación entre las distintas armas que existe en nuestro país también se vivía en la Antártida. «La política tiene que ser una sola. A partir de la Dirección Nacional del Antártico, que se dividan las responsabilidades. Las fuerzas pueden comandar el rompehielos, el avión y demás recursos, pero estos tienen que pertenecer a la Dirección Nacional del Antártico», explica. El conflicto también existía porque se le daba más importancia a las tareas que a la ciencia. En la base había una estación de radio, una base de operaciones para estudios de meteorología y otra de geomagnetismo. En aquella época los científicos argentinos no tenían una estadía dedicada a la investigación, porque las tareas venían primero. Y no era una cuestión menor. «Teníamos las tareas de convivencia, que llamábamos las ‘guardias de Ramona’ -en alusión a un personaje de una tira cómica de la revista Rico Tipo-. Si estabas de Ramona, tenías que levantarte antes que la dotación, preparar el café con leche, té, mate cocido, galletitas, todo. Luego, cuando se iban, levantar todo y lavarlo, y limpiar la casa. Y al mediodía armar otra vez la mesa para la comida, servir el almuerzo, y limpiar todo a posteriori. También incluía tirar la basura, que la dejábamos sobre el mar congelado porque era orgánica, y se la comían los bichos», describe Jorge.

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Jorge durante una de las guardias de pan.

Otras de las guardias eran las de pan, que entre dos personas hacían para todos, y las guardias de agua. En la época de verano se rompía el hielo y sacaban agua de las capas más bajas con un motor chico, y con una manguera se enviaba a la casa central. Cuando en invierno se congelan las capas de abajo también, era otra tarea de convivencia. Se llamaban las guardias de agua, que se hacían de a dos cada 11 días. Tenían que hacer agua todos los días para poder bañarse cada noche. Esto implicaba fundir 5200 litros de agua.

¿Cómo pasaban la Navidad?

Siempre alguien tenía algo para regalar. Además, estaba la Asociación Antártica Argentina, que después desapareció porque no hubo más gente que lo siguiera. El último presidente fue Valentín Komar, que daba pronósticos en Canal 7. Ellos pedían la lista de todos los que iban a Antártida ese año, y preparaban una pavada para cada uno. Yo todavía tengo guardado un pañuelo que decía “Antártida 1973”. Todo eso venía en una caja con nosotros en el buque, que le daban en custodia a alguien para que entregara el día del cumpleaños. La Asociación Antártica Argentina surgió por el impulso de uno de los pioneros que llegó al continente blanco, a principios del siglo XX.

Jorge recuerda a una señora que bordaba los pañuelos, que supone era esposa de uno de los pioneros argentinos en Antártida.

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El viaje de regreso.

Para hablar con la familia, debían comunicarse por radio. Lo hacían normalmente una vez por semana. «No es como ahora, que apretás un botón y ves a tu familia en la computadora. Ahí te escuchaba cualquiera que sintonizara la frecuencia. Nos organizábamos, porque cada base tenía un tiempo reducido, de una hora, para usar la radio. Tampoco había muchos aparatos de teléfono en Argentina. Hablabámos a través de Radio Pacheco o de la central de la Marina. Entonces, la Marina llamaba al número de teléfono. Cuando el operador conectaba la llamada, recién ahí podías hablar», recuerda.

El viaje de regreso fue muy complicado. Sabían desde el momento de desembarcar que si el rompehielos no podía pasar, debían quedarse un año más. Jorge sabía la posición del buque cada día, por los reportes diarios que daba por radio de su posición. Semanas antes de la fecha de partida, la ansiedad se notaba en el aire, todos le preguntaban si llegaba y cuándo. El buque que los sacó de la isla Laurie fue el rompehielos General San Martín. El Bahía Aguirre, que debía llevarlos a la base Marambio para tomar el Hércules, llegó, pero averiado. El viento que se levantó cerca de Base Esperanza hizo que golpeara el fondo contra el suelo rocoso, y abrió un agujero de un metro por tres. En una operación que involucró buzos y bombas de desagote, lograron remolcarlo hasta el fondeadero Guardia Nacional. Aunque duró poco tiempo. Antes de llegar a la base Marambio, debieron volver a auxiliarlo y también al remolcador que lo había amadrinado. El rompehielos General San Martín, donde estaba a bordo el equipo, debió quedarse con los otros dos buques, y toda la tripulación volvió a cambiar de barco. Finalmente, llegaron a Ushuaia en el buque oceanográfico Islas Orcadas, que tenía capacidad para 20 personas. Eran 70.

Jorge guarda de Antártida grandes recuerdos, la mayoría inmortales en sus diapositivas. La fotografía fue más que una compañía: a su retorno se convirtió en fotógrafo egresado del Instituto de Agfa-Gevaert y se perfeccionó en Kodak. Tiene el recuerdo cálido de los compañeros que lo acompañaron durante ese año. Y la inmensidad de los paisajes: «Muchas veces salía a caminar. Miraba los bloques de nieve y pensaba ‘qué nada que soy, porque un pedacito de hielo que se desprende de ahí, me pega y es fatal’. Te das cuenta ahí que los seres humanos nos creemos muy importantes, pero la naturaleza puede seguir tranquilamente sin nosotros. Es una sensación de estar en la inmensidad».

 

Este relato personal da cuenta de un momento de la historia de la exploración antártica e intenta mostrar cómo era la vida allí para algunos de los que visitaban estas tierras en gran parte inexploradas. La historia de Jorge Giammatteo y sus fotos son testimonio de la participación argentina en el «Continente Blanco», realizada en conjunto con científicos de varios países del mundo.

Jorge liberó algunas de las imágenes que capturó en su estadía en la Antártida a Wikimedia Commons, bajo una licencia Creative Commons. Sus imágenes están disponibles aquí. El hecho de que su autor haya puesto estas fotos a disposición de cualquiera que viera oportuno usarlas es muy significativo, ya que se trata de documentos de gran valor histórico, que podrán enriquecer artículos actuales y futuros en Wikipedia, así como cualquier investigación que se quiera iniciar sobre este tema. De esta forma, no sólo se aumentan los recursos libres para el conocimiento, sino que también se le da más difusión a un tema poco conocido, como es la participación humana en Antártida.

 

*Foto de portada: Jorge Giammatteo durante una rutina de meteorología, disponible aquí.

1 comment

  1. Gaston Sopena 17 diciembre, 2013 t 11:50 Responder

    Que linda historia de vida!,
    Si es cierto que la vida esta hecha de momentos vividos, sin duda este es un capital de recuerdos que cualquiera quisiera tener. Sin duda, mas alla del Rodrigazo o las promesas no cumplidas de la Argentina de todos los tiempos, la paga de un viaje como este se disfruta toda la vida.

    Felicitaciones Jorge!

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